Los Pasillos de Ernesto
Ernesto vivía en una casa tan grande como su soledad. No recordaba cuándo fue la última vez que salió, ni por qué dejó de hacerlo. Sólo sabía que, tras aquel suceso —un evento que su mente había sellado bajo siete llaves—, el mundo exterior dejó de tener sentido.
Al principio, su encierro fue voluntario. Tenía todo lo necesario: comida enlatada, electricidad, libros que nunca terminaba de leer, y un sistema de cámaras que mostraba cada rincón de su jardín. Veía las estaciones cambiar tras los cristales. Las hojas caer, la nieve cubrirlo todo, el sol brillar con indiferencia. Pero su casa seguía igual. Inmóvil. Silenciosa. Inmensa.
Un día, empezó a explorar.
Los pasillos eran muchos. Demasiados. A veces creía que la casa había crecido en su ausencia, como un organismo autónomo. Había puertas que no recordaba, habitaciones que no había visto antes. Algunas tenían juguetes antiguos, otras fotografías de personas con rostros borrados por el tiempo o por el olvido.
“¿Esta era mi habitación?”, se preguntaba frente a una cama infantil que olía a polvo y recuerdos. No podía estar seguro. La memoria lo traicionaba constantemente.
Con el tiempo, comenzó a dejar migas de pan, como un Hansel moderno. Pero algo —¿él mismo? ¿alguien más?— las quitaba.
Una noche, escuchó pasos.
No los suyos, que ya no resonaban por su andar resignado. Eran distintos. Firmes, cadenciosos. Se detuvieron al otro lado de una puerta que Ernesto no recordaba haber abierto jamás. Se quedó quieto, conteniendo la respiración. Un susurro atravesó la rendija.
—¿Ernesto?
El nombre lo paralizó. Era su voz. Igual, pero más joven. Más firme. Más feliz. Se alejó lentamente, sin responder. El sonido cesó.
A partir de entonces, las voces eran frecuentes. Siempre llamándolo. Siempre desde detrás de las puertas que no debía abrir.
A veces respondía. Otras no. Nunca sabía si realmente contestaba o si sólo pensaba que lo hacía.
Un día, encontró una habitación llena de espejos. Cientos de él mismo lo miraban desde todos los ángulos posibles. Se vio viejo, joven, sin ojos, sin boca, riendo, llorando. Uno de los reflejos no imitaba sus movimientos.
Ese día, supo que debía salir.
Caminó hasta la puerta principal, una mole de madera que parecía observarlo. Puso la mano en el picaporte. Dudó. Afuera, el mundo seguía su curso. Pero, ¿qué pasaría si ya no pertenecía a él?
Abrió la puerta.
La luz lo cegó. Una figura se dibujó frente a él. Ernesto la reconoció.
Era él mismo. Más joven. Más vivo. Sosteniendo una carta.
—Por fin —dijo su otro yo—. Pensé que no saldrías nunca.
La puerta se cerró. Nadie volvió a ver a Ernesto. Aunque a veces, si se pasa cerca de aquella casa, se oyen pasos… en ambos lados de la puerta.
Este cuento está inspirado en “La casa de Asterión” de Jorge Luis Borges. Después de leerlo, me quedó resonando la idea de cómo una mente encerrada puede crear su propio laberinto emocional. Quise explorar esa misma sensación, pero en un escenario moderno y más psicológico.

Comentarios
Publicar un comentario