El eco de la Nebulosa Negra
Desde niño, Elías soñaba con una voz que lo llamaba desde las estrellas. Una voz sin género, sin idioma, pero profundamente humana. Al principio, pensó que era producto de su imaginación, pero al cumplir 30 años, un grupo de astrónomos descubrió una señal repetitiva proveniente de la Nebulosa Negra en la constelación de Carina. La señal coincidía con el patrón que Elías había garabateado cientos de veces en sus libretas.
Desesperado por respuestas, viajó a un observatorio abandonado en los Andes, donde supuestamente se habían recibido ecos similares décadas atrás. Encendió los equipos, conectó un transmisor y recitó el patrón en la frecuencia original. Al instante, la señal respondió. No con palabras, sino con imágenes en su mente: figuras geométricas imposibles, estrellas que colapsaban hacia adentro y una entidad con ojos como lunas apagadas.
Esa noche, el cielo sobre el observatorio se tornó negro absoluto. Las estrellas desaparecieron. Elías, absorto por el éxtasis cósmico, caminó hacia el exterior mientras su piel se desprendía suavemente como ceniza. Se desvaneció sin dolor, sus últimos pensamientos eran notas en una melodía ancestral que ninguna garganta humana podía cantar.
Al amanecer, el observatorio fue hallado vacío. Solo quedaba una grabación con un eco
repetitivo: una voz humana modulada diciendo “somos fragmentos de algo que aún no ha despertado”.
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