El murmullo en la niebla

  
Este cuento está inspirado en “La casa de Asterión” de Jorge Luis Borges, una lectura que me llevó a explorar la soledad desde una perspectiva distinta: la del “monstruo”.

El pueblo sabía que algo vivía al otro lado del bosque. Nadie se atrevía a cruzarlo al anochecer. Se hablaba de un ser alto, con ojos de fuego y pasos suaves, que sólo se dejaba ver cuando la niebla cubría los caminos. No lo llamaban por su nombre —porque nadie lo sabía—, solo lo apodaban "el murmullo".

Él, en cambio, no tenía nombre para sí mismo. Vivía en una torre abandonada, construida con piedras que ya nadie recordaba. No conocía el odio, ni el amor. Solo la espera. No sabía si era monstruo, sombra o sueño. Su memoria era confusa, un eco persistente de voces antiguas, quizás de quienes lo habían encerrado ahí hacía siglos. Nadie lo visitaba. Solo hablaba con los árboles y escuchaba las historias de los grillos por las noches.

Cada mañana caminaba en círculos dentro de su torre, repasando con los dedos las grietas de los muros. A veces encontraba plumas en el suelo y se preguntaba si alguna vez habría tenido alas. Otras veces escuchaba risas a lo lejos, y se preguntaba si era un recuerdo o una fantasía. No tenía espejos. Nunca había visto su rostro. Y aun así, temía no gustarse si alguna vez se lo encontraba.

Un día, una niña cruzó el bosque.

Lo hizo sin miedo. No porque fuera valiente, sino porque estaba perdida. Tenía los zapatos rotos y una carta doblada en el bolsillo. Buscaba a su hermano, desaparecido años atrás en ese mismo bosque. Cuando la niebla descendió, supo que no podía regresar. Fue entonces cuando lo vio.

Él no huyó. Se quedó inmóvil, mirándola con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Ella tampoco gritó. Se acercó con la naturalidad de quien nunca ha aprendido a temer lo diferente.

—¿Eres el murmullo? —le preguntó.

Él no respondió. Pero sus ojos se abrieron un poco más.

—No pareces malo.

La niña se sentó frente a él, y por primera vez, alguien compartió el silencio con él sin miedo. Le habló de su hermano, de cómo su madre lo había buscado en vano, de cómo todos decían que se lo había llevado un monstruo. Él la escuchó sin parpadear. Algo dentro de él se removió, como si aquella historia despertara una imagen adormecida.

Esa noche, la niña durmió bajo su techo. Él se quedó despierto, observándola. No recordaba haber sentido calor antes. Tampoco sabía que el corazón podía latir distinto.

Al amanecer, ella partió. Le dejó la carta y un dibujo de él, tal como lo había imaginado: con ojos tristes y alas.

Él la vio desaparecer entre los árboles. Y por primera vez en siglos, sonrió.

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