El relojero de la calle Estrella


  En el corazón de una ciudad gris, donde la rutina aplasta la imaginación, existía un pequeño local sin cartel ni escaparate: “El Relojero”. Solo los distraídos o desesperados lo encontraban.


Nico, un estudiante agotado por la vida moderna, entró un día buscando arreglar su reloj de pulsera, que se había detenido justo a las 11:11. El interior era cálido, lleno de relojes de todo tipo: de arena, de péndulo, digitales, de sol. Detrás del mostrador, un anciano de ojos profundos le sonrió.


—¿Sabías que el tiempo se puede torcer un poco? —dijo, examinando el reloj roto—. Si deseas algo… fuerte el deseo en ese momento exacto… tal vez tu tiempo cambie.


Nico se rió. Pero antes de irse, pensó: “Desearía no tener que vivir este día otra vez.”


A la mañana siguiente, se despertó… el mismo día. Mismas noticias, mismos saludos, misma clase aburrida. Y otra vez. Y otra. Estaba atrapado en un bucle.


Volvió al local, pero ya no estaba. La calle Estrella no figuraba en los mapas. Desesperado, Nico revisó el reloj: marcaba las 11:10.


Esperó. Cuando llegó a las 11:11, cerró los ojos y deseó, con todo su ser: “Solo quiero seguir adelante.”


El tiempo volvió a fluir. Pero desde entonces, todos los relojes a su alrededor marcan 11:11 cuando algo importante va a pasar. Como una advertencia. Como si el relojero aún lo vigilara.

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