El susurro detrás de la pared

 Cada noche, a la misma hora, Alicia escuchaba un susurro que provenía de la pared junto a su cama. Al principio pensó que era el viento colándose por alguna rendija. Después creyó que era un vecino viendo televisión. Pero cuando se acercó y apoyó el oído sobre el muro, lo escuchó claro:


—Alicia… ¿puedes oírme?


El corazón se le detuvo. Se apartó de un salto y encendió la luz. No había nadie. La pared seguía ahí, intacta. Esa noche no volvió a dormir.


Durante los días siguientes, el susurro se volvió más frecuente. A veces reía. Otras lloraba. A veces sólo decía su nombre una y otra vez. Alicia comenzó a grabarlo con su celular, pero al reproducir las grabaciones, solo escuchaba silencio.


Llamó a un albañil para revisar la pared. El hombre golpeó suavemente, escuchó, luego usó una herramienta para abrir un pequeño hueco. Lo que encontraron la dejó helada: detrás del muro había un espacio angosto, una especie de falso compartimiento… y dentro, los restos momificados de una mujer joven.


El rostro estaba desfigurado, como si hubiera gritado hasta el último aliento.


La policía confirmó que la mujer había desaparecido hacía más de veinte años, y que había vivido en esa misma casa con su pareja.


Esa noche, Alicia pensó que el horror había terminado. Pero cuando se acostó, y apagó la luz, volvió a escucharlo:


—Gracias por encontrarme… ahora tú me acompañarás.


La luz no volvió a encenderse.


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