La silla del rincón

 

Cuando Clara se mudó al viejo apartamento, lo hizo con entusiasmo. Era pequeño, pero estaba bien ubicado y era barato. En la esquina de la sala había una silla antigua, de madera oscura, que venía con el lugar. El casero le dijo:


—No se preocupe por moverla. Mejor déjela ahí. Siempre ha estado en ese rincón.


Clara no le dio importancia. Usaba la silla para colgar el abrigo o dejar la mochila. Pero al poco tiempo comenzó a notar cosas extrañas. Algunas mañanas, la silla aparecía vacía, aunque juraría haber dejado cosas encima. Otras veces la encontraba girada hacia la pared.


Una noche, mientras leía, sintió que alguien la observaba. Giró lentamente la cabeza. La silla seguía en su rincón, vacía… pero había una ligera hendidura en el cojín, como si alguien acabara de levantarse.


Clara empezó a evitar mirar hacia allí. Cubrió la silla con una sábana. Aun así, escuchaba crujidos como si alguien se sentara lentamente cada madrugada.


Finalmente, una noche no aguantó más. Se acercó con el celular en la mano para grabar. Retiró la sábana y… nada. Solo la silla.


—¿Quién eres? —preguntó en voz baja, sintiéndose ridícula.


Entonces lo oyó.


Un susurro apenas audible:

—Gracias por verme…


El video se detuvo. El celular se apagó. Y cuando encendió la linterna, vio lo que nunca olvidaría: una figura borrosa, casi traslúcida, sentada con las manos en el regazo… mirándola.


Desde entonces, Clara duerme con todas las luces encendidas. Y la silla sigue ahí, girada hacia la pared. Como si alguien estuviera esperando volver a mirar.



Este cuento está inspirado en historias clásicas de casas embrujadas y objetos poseídos, como las que aparecen en relatos de Shirley Jackson o en leyendas urbanas tradicionales. Quise explorar el miedo cotidiano que surge de lo aparentemente inofensivo: un objeto viejo, una habitación familiar, una sensación persistente de ser observado. La silla del rincón nace de la idea de que algunos espacios guardan presencias que no quieren ser ignoradas… solo vistas.



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