Las manos del ventanal
Mariana se mudó con su esposo e hija a una antigua casona en las afueras del pueblo. Había sido una oportunidad única: grande, barata, con jardín, alejada del ruido urbano. Lo único peculiar era un ventanal de marco negro en el segundo piso, sellado con listones de madera desde el interior.
—No lo abras —le advirtió el anciano que les alquiló la casa—. Ese ventanal se clausuró por una razón.
Ella creyó que se trataba de supersticiones locales. Pero con el paso de los días, notó algo extraño: su hija Valentina, de cinco años, hablaba con alguien en su cuarto. Cuando le preguntaban, decía que jugaba con “la señora de las manos largas”.
—¿Cómo es ella? —preguntó Mariana.
—Es blanca. Siempre está del otro lado del vidrio, pero me quiere abrazar.
La madre se preocupó, pensando que la niña tenía una amiga imaginaria. Aun así, revisó el cuarto y vio que el ventanal seguía sellado.
Una noche, mientras ordenaba la ropa en el cuarto de Valentina, Mariana escuchó un golpeteo sordo. Provenía del ventanal.
Golpe… Golpe… Pausa… Golpe…
Se acercó lentamente. La madera no parecía rota. Pero sintió una presencia al otro lado. De pronto, cinco dedos delgados y blanquísimos se asomaron por una grieta entre los listones. Eran pálidos, demasiado largos, demasiado delgados. Intentaban empujar el sellado.
Mariana gritó y corrió a buscar a su esposo. Cuando regresaron, no había nada. Solo el ventanal, intacto.
Él pensó que había sido su imaginación. Mariana, por primera vez, no estaba tan segura.
Durante los días siguientes, Valentina empeoró. Tenía fiebre, hablaba dormida, decía cosas como “ella quiere que la deje entrar” o “no puede tocarme todavía, pero dice que pronto sí podrá”.
Mariana decidió sellar aún más el ventanal. Clavó nuevas tablas, puso muebles pesados frente a él. Esa noche durmió en el cuarto de Valentina.
A las 3:17 a.m., algo la despertó.
Las tablas estaban rotas. Un viento helado entraba por la ventana abierta. Y en el centro de la habitación, Valentina se sostenía en el aire, suspendida por unas manos blancas que surgían desde el marco.
Mariana gritó y corrió hacia su hija. Las manos soltaron a la niña justo cuando ella la alcanzaba. Se lanzó contra la ventana, pero ya no había nadie. Solo el sonido lejano de algo arrastrándose por el tejado.
Después de eso, se mudaron. Pero Mariana jamás dejó de preguntarse qué habría pasado si no se hubiera despertado a tiempo.
A veces, en las noches, Valentina se queda mirando las ventanas de su nuevo hogar y dice: “Ella me sigue buscando”.
Tema:
Este cuento aborda el tema de lo sobrenatural que acecha a los inocentes, en este caso, los niños. También toca el tema del escepticismo frente a lo inexplicable.
Propósito:
Provocar miedo y angustia a través del terror sobrenatural enfocado en la familia y en la figura de un ser persistente y predador. Despierta la ansiedad del lector al insinuar que lo maligno no puede contenerse con simples barreras físicas.
Estilo narrativo:
Narrado en tercera persona, con un enfoque cercano a Mariana, lo que intensifica la experiencia del terror doméstico. Se emplea un estilo directo con énfasis en lo sensorial: el frío, los sonidos, la visión de las manos.
Aspectos que inspiran o provocan reflexión:
El cuento deja abierta la inquietante idea de que algunos horrores no se limitan a un lugar específico, sino que se aferran a sus víctimas. También resalta cómo los niños, por su inocencia o sensibilidad, pueden ser más receptivos a lo sobrenatural.

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